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Cuando pase el mensajero, que no me encuentre dormido, afanado en otras metas, indiferente a su voz. Que no sea su relato semilla que el viento barre o luz que a nadie ilumina. Cuando pase el mensajero que no le vuelva la cara para esquivar su propuesta. Se presentará en un libro, en un verso, o será estrofa de un canto que me envuelva. Vendrá, tal vez, en un amigo, en un hombre roto, o en el pan partido. Le abriré la casa, pondré en juego el corazón y escucharé, con avidez, sus palabras. Y entonces me cambiará la vida.
José M. Rodríguez Olaiozola, S.J.

Con la emergencia humanitaria compleja latente en nuestro país, profundizada por la pandemia del COVID-19, distintas organizaciones de la sociedad civil se han vuelto cada vez más conscientes de la necesidad de articular intervenciones integradas que combinen soluciones sociales y humanitarias. Como parte de esta realidad, el JRS-Venezuela (Servicio Jesuita a Refugiados) ha centrado sus programas en la construcción de cohesión social y confianza comunitaria para asistir a los grupos vulnerables

La situación mundial creada por la pandemia del COVID-19 ha significado un reto para todas las organizaciones e instituciones del mundo, y mucho más de aquellas que se ocupan por atender el problema humanitario. La enfermedad altamente contagiosa, y en ocasiones mortal, ha venido a complejizar aún más la labor de las organizaciones de la sociedad civil, también conocidas como ONG que se dedican a la labor de asistencia, ayuda y acompañamiento en situaciones de conflicto, violencia o carestía social. Y esto por cuanto súbitamente han tenido que adaptarse a condiciones sobrevenidas que agravan, develan o dificultan la atención de la población –en creciente vulnerabilidad– que atienden.

En Venezuela esta realidad tiene sus tintes muy particulares, puesto que a lo anterior se suma la ‘tradicional’ sospecha con la cual el Gobierno se refiere a las ONG en el país, la ausencia de salvoconductos para estas organizaciones, la falta de gasolina, la corrupción y el chantaje galopantes, el modo jerárquico-militar y excluyente con el cual se han asumido las medidas para contener la pandemia, así como las expresiones infortunadas de personeros del gobierno que prácticamente califican a ciertas personas en extrema necesidad de atención como ‘armas biológicas’, por el solo hecho de venir a nuestras fronteras en busca de la protección que, en estos momentos, otros países se niegan a brindarles.

Ahora bien, toda esta situación, acompañada por la incertidumbre y la dificultad de predecir cuáles serán realmente las consecuencias de este tiempo tan inusual en el acontecer nacional, ha constituido también una oportunidad para el aprendizaje colectivo ante un enemigo invisible. En el caso del Servicio Jesuita a Refugiados JRS-Venezuela, por sus siglas en inglés, donde siempre tratamos de ver todo desde la perspectiva del crecimiento y el proceso, este tiempo ha sido para la solidaridad y consolidación de nuestra misión. Una misión que nos lleva a apalancar procesos de reconciliación, acompañamiento, apoyo solidario y hospitalidad, que abarca todos los lugares de la geografía nacional en donde tenemos presencia.

Reconciliación

El JRS realiza su acción desde el horizonte de la reconciliación integral del ser humano y de las comunidades que atendemos. De nada serviría la prosperidad económica de personas y comunidades que se encuentran alimentadas en su obrar por el resentimiento y la violencia social. Nuestro trabajo como organización humanitaria no partidista, nos sitúa en el espacio público con la capacidad de escuchar, integrar y tender puentes que permitan la creación de una red de solidaridad que alcance a todos los que la necesiten, sin discriminación ni exclusión. No somos quienes para juzgar el pasado o el presente de todo aquel que se acerca a nosotros, sencillamente ponemos lo que somos y tenemos al servicio de ese proyecto de amor, justicia, paz e integridad de la creación, con el cual todos los discípulos de Jesús estamos comprometidos desde nuestro bautismo. Y lo hacemos desde la población que tenemos el privilegio de acompañar: los migrantes, las familias dejadas atrás y aquellos que se encuentran en una situación de vulnerabilidad tal, que corren el riesgo de asumir una migración forzada y mal planificada.

Es desde los ojos y las historias de nuestros hermanos y hermanas que podemos ver caminos abiertos para la reconciliación personal y colectiva. Desde esas necesidades tan básicas que están llamadas a ser atendidas y el grito de dolor que producen es que podemos generar un espacio común donde ese clamor puede ser escuchado, y la necesidad puede ser satisfecha por todos aquellos que tienen el deber de hacerlo, y aquellos que se acercan con un gesto solidario, garantizando siempre la participación de quien está siendo ‘asistido’, a fin de que se apropie de ese espacio, lo defienda y sea protagonista de su proceso de dignificación.

A raíz del COVID-19, ese espacio común se ha hecho más urgente y necesario. Esto debido a que ni el Estado, ni los militares, ni los empresarios, ni la comunidad internacional, ni las organizaciones de la sociedad civil, ni las iglesias, ni las comunidades por sí solas pueden enfrentar de manera eficaz las consecuencias de la pandemia en Venezuela. Así, la participación de todos resulta indispensable para que haya una contención y atención eficiente, en armonía e igualdad de condiciones, donde cada uno ponga lo mejor de sí, en aras de garantizar el éxito de tamaña empresa. De esta manera podemos atender no solo el COVID-19, sino el cúmulo de situaciones que afecta hoy el pleno desarrollo de nuestro país.

En este sentido, el JRS promueve la creación de estos espacios en sus comunidades de intervención y participa en redes nacionales para forjar, junto a otras organizaciones alineadas con nuestra perspectiva de reconciliación, cada vez más lugares comunes y de encuentro entre aquellos que ‘piensan distinto’, pero que permanecen unidos por el deseo de lograr relaciones que conduzcan y materialicen sueños de progreso, paz y justicia social, cuya carencia ha generado que más de 5 millones de personas hayan abandonado el país en los últimos diez años.

Acompañamiento solidario y eficaz

Nuestro acompañamiento cercano a la gente, con y por la cual desarrollamos nuestra misión, nos ha llevado en este tiempo a activar la solidaridad de manera concreta, sobre todo ante las familias que contaban con ingresos de sus trabajos diarios y debido a la cuarentena han visto afectada, además, su salud física y mental. Por ello, la labor del JRS en estos últimos meses se ha centrado en entregar asistencias humanitarias en comunidades de acogida, parroquias y otros puntos de incidencia, para cubrir ciertas necesidades durante el proceso de aislamiento.

La oficina binacional Apure-Arauca ha dotado en dos ocasiones al Hospital de Guasdualito, centro centinela del COVID-19, con equipos de bioseguridad e insumos de higiene. Además de ello ha hecho acompañamiento en los hogares, evaluación médica a personas con enfermedades crónicas y entrega de medicamentos, a fin de que puedan resistir en caso de contagio. Además, el equipo sigue acompañando casos que ameritan asistencia en salud, principalmente a mujeres en estado de gestación. En el Nula, gracias al apoyo de la Iglesia parroquial, continuamos el acompañamiento desde la casa de paso y la entrega de mercados solidarios a las familias de la localidad.

Por otra parte, el equipo local Caracas-Centro, entregó más de seiscientas asistencias humanitarias en kits de higiene, alimentación, nutricionales y de salud en las comunidades de La Vega, Colinas del Pinar y Los Flores de Catia en Distrito Capital; La Cuchilla en el pueblo de Magdaleno, estado Aragua; Flor Amarillo en el estado Carabobo y Lomas de León en el estado Lara. De igual manera, se dotó de 380 kg de proteína al comedor de la U. E. Fe y Alegría “Variquisimeto”, en Barquisimeto, estado Lara, para servir cuatrocientos platos diariamente a la población estudiantil, miembros de la comunidad educativa y población cercana a la institución. El equipo del JRS en el estado Táchira, por su parte, también hizo entrega de asistencias humanitarias en alimentación e higiene en comunidades de los municipios Ayacucho, Junín y San Cristóbal como parte de la respuesta emergente ante el COVID-19. Además, todo el equipo está articulado con las organizaciones humanitarias y de protección que tienen presencia en la zona, y en constante monitoreo sobre la situación de los venezolanos retornados que entran por dicho estado fronterizo.

En el estado Zulia, gran parte de las asistencias humanitarias en alimentación se entregaron a todo el personal que conforma las escuelas hermanas de la obra de la Compañía de Jesús; E. T. Fe y Alegría “Lcdo. César David Rincón”, U. E. Fe y Alegría “Ignacio Huarte” y U. E Fe y Alegría “Rutilio Grande”. De igual manera, la población vulnerable que acompaña la oficina del JRS en el Zulia recibió kits de alimentación y kits de higiene como medida preventiva ante la contagiosa enfermedad del coronavirus. Además, algunos miembros del JRS, en conjunto con miembros de la Iglesia, se han desplazado de forma permanente a la población de Paraguaipoa, municipio Guajira, como parte del acompañamiento y monitoreo a personas en situación de movilidad.

Es importante destacar que todo el trabajo realizado desde las oficinas locales está siendo asumido bajo las estrictas medidas de higiene y bioseguridad, para evitar contagio y propagación del virus. Asimismo, la planificación de las actividades es acordada a través de reuniones semanales, permanentes, para evaluar el contexto e implementar nuevas estrategias que permitan el acompañamiento, asistencia y cuidado de las personas en esta pandemia, la cual ha provocado el retorno masivo de venezolanos a nuestras fronteras.

Hospitalidad, humanidad y esperanza

Precisamente, ante el inesperado retorno de miles de venezolanos a nuestras fronteras en situación de extrema vulnerabilidad y la indigente respuesta de las comunidades para acogerlos ante el temor del contagio, el JRS Venezuela ha iniciado una campaña de hospitalidad con la etiqueta “#ConstruyamosHumanidad”. Con esta iniciativa, buscamos introducir nuevas conversaciones de amor y hospitalidad en la población en general, donde los sentimientos de miedo y angustia pudiesen estar predominando en el contexto de los retornados. Asimismo, se contrarresta el tono lastimero y de re-victimización con el cual algunos medios tratan el tema de “los retornados”. Los mensajes de hospitalidad que estamos compartiendo buscan, a su vez, involucrar a la población e incentivarla a tomar acciones al invitarla a responder preguntas que la conducirán a pensar, reconocer y responder desde la solidaridad.

Si asumimos que todos los venezolanos, con base en el conocimiento pleno del fenómeno migratorio de los últimos años, tenemos algún familiar en el extranjero, quienes quieran involucrarse en nuestra campaña pueden hacerlo, compartiendo nuestro contenido en las redes sociales y además contestando las preguntas que formulamos abiertamente: A esa persona que amas y que migró ¿qué le dirías si lo vieras hoy?…A tu hermano que migró, ¿qué le dirías si lo vieras hoy? Aquí buscamos que las personas se conecten con sus sentimientos de amor hacia sus familiares y amigos en el exterior y desde esos sentimientos miren y conversen sobre los retornados, que son amigos, padres y familiares de otros venezolanos.

Los mensajes ya han sido difundidos a través de las redes sociales y los insumos que recibamos a partir de las preguntas contestadas nos permitirán elaborar micros radiales, con lo cual seguiremos insistiendo en brindar la hospitalidad necesaria y debida a nuestros hermanos migrantes. A esta iniciativa se han sumado otras instituciones dentro y fuera de Venezuela, que constituyen redes de protección tales como la Red de Acción Social de la Iglesia (RASI), la Red Clamor (Instituciones de la Iglesia católica que trabajan por los migrantes), así como otras instituciones hermanas de la Compañía de Jesús. Todos estamos invitados a participar, para que el mensaje que nos deja hoy la pandemia y los relatos de nuestros migrantes retornados, parafraseando el poema-oración citado en el epígrafe, no se conviertan en semilla que el viento barre o luz que a nadie ilumina.

Desde el JRS Venezuela, queremos que cuando pase el mensajero, nadie le vuelva la cara para esquivar su propuesta. De hecho, el mensajero no nos ha encontrado dormidos, o afanados y distraídos en metas diferentes a las que la nueva situación exige, aun cuando ello haya significado perder apoyo de organizaciones con las cuales hemos tradicionalmente trabajado. Por el contrario, fieles a nuestra misión y ‘modo de proceder’ no hemos sido indiferentes a la voz sentida en tantos hombres, mujeres, niños y comunidades rotas, ante los cuales insistimos en abrir nuestra casa, poner en juego el corazón y escuchar, con avidez, sus palabras. Así, este tiempo nos ha cambiado la vida, pero no por el temor de lo que vaya a suceder, sino porque de manera más clara y contundente hemos creído escuchar en tantos hermanos que hemos acompañado en este tiempo, una llamada hacia el agradecimiento, la solidaridad, el acompañamiento cercano, la defensa de la dignidad de todos y a seguir forjando la reconciliación. Y esto lo haremos junto a tantos otros que creen que en Venezuela es posible que nos entendamos, nos organicemos y crezcamos como pueblo, para transformar todo aquello que nos ha llevado a la deplorable situación actual. Allí radica la esperanza, desde la cual el JRS Venezuela trabaja y por la cual hemos consolidado, en este tiempo de incertidumbre, nuestra misión de solidaridad y reconciliación en esta ‘Tierra de Gracia’.

Eduardo Soto Parra, sacerdote jesuita y director del Servicio de Jesuita a Refugiados en Venezuela.

Fuente: Revista SIC

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