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El origen de la celebración de la Navidad se remonta a los romanos cuando, en Saturnalia, intercambiaban regalos unos con otros. Saturnalia eran fiestas para honrar al dios Saturno. En la mitología romana, Saturno era el Dios de la Agricultura; había reinado sobre todo el mundo en la Edad Dorada, aquella en la que los humanos disfrutaban de las riquezas de la tierra sin trabajarla y en un estado de inocencia; algo así como Adán y Eva en el Paraíso. Según el historiador romano Justino, Saturno era el dios de los pre romanos o aborígenes, un hombre justo, reconocido por todos y quien no hacía diferencias. De allí que, en las Saturnalias, los esclavos se sentaban en las celebraciones con sus amos. El equivalente anterior a las Saturnalias en Grecia era Kronia. El escritor griego Athenaeus refiere celebraciones similares a través del mundo greco-romano, como el festival de Hermania en Creta, el celebrado en Troezen en honor al dios Poseidón, el festival de Peloria en honor a Thesalia. Macrobius, el escritor latino de la antigüedad más prolífico sobre las Saturninas, las describe como un tiempo de gran felicidad, de abundancia e igualdad. Una de sus interpretaciones es que en esta fiesta abundaban las velas porque éstas simbolizaban la búsqueda del conocimiento, de la luz y el advenimiento del nuevo año: Dies Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol Invencible; el 23 de diciembre. En el caso del Yule, una fiesta invernal del norte de Europa, celebraba el nuevo año quemando troncos adornados con cintas. Estas fogatas siguen siendo comunes en partes rurales de Europa del norte y se observan en unas pocas familias en Venezuela. Siempre significando la luz.

La celebración de la Navidad, el 25 de diciembre, se debe a la adaptación, en el Siglo III d.C., por la Iglesia Católica de la antigua celebración del nacimiento anual del dios-Sol en el solsticio de invierno para facilitar la conversión de los pueblos paganos. Mientras que las celebraciones de las Saturnalias continuaron hasta el siglo IV d.C., cuando el Imperio Romano, por mandato del emperador Constantino, dio libertad de cultos. A partir de allí estas fiestas inspiraron las celebraciones de la Navidad y Año Nuevo. En las iglesias ortodoxas orientales y en la iglesia católica bizantina griega se reconoce a Constantino como santo.

Navidad proviene del latín: Nativitas, nacimiento. Una de las festividades más importantes del cristianismo que el nacimiento de Jesucristo. Según la Biblia, los Reyes Magos le ofrecieron obsequios al niño Jesús. De allí que la Navidad es una celebración para hacer ofrendas a Cristo, además de regalarse entre amigos y familiares.

El origen de nuestro “Arbolito” o pino de Navidad también es cristiano: El evangelizador de Alemania, San Bonificacio (680-754) cortó un árbol consagrado al dios Thor, dios del Rayo (luz), y, en su lugar, plantó un pino que, siendo perenne, simbolizó el amor del Dios cristiano, y lo adornó con manzanas (bolas que ponemos al arbolito) y velas. Las manzanas significaban el pecado original y las velas hacían referencia a la luz de Jesucristo. El color verde y su forma de punta del pino son símbolos de la vida y el amor de Dios, y las luces que lo adornan nos remiten al misterio de la Nochebuena, cuando Jesucristo llega al mundo trayendo la luz de una nueva esperanza, frente a las tinieblas.

Santa Claus, San Nicolás, el Viejito Pascuero, Papa Noel, etc., etc. –que reparte regalos- también es de origen cristiano; pues no es otro que San Nicolás de Bari, Santo Patrono de Rusia, Grecia, Turquía y de decenas de ciudades en Gran Bretaña, Alemania, Holanda, España e Italia, entre otras. Claus o Klaus es el diminutivo de Nicolaus en alemán.

El sentido de la Navidad para los cristianos es que Dios compartió nuestra vida humana para que nosotros pudiéramos compartir la vida divina a través del amor a Dios y al Prójimo. Es decir, los cristianos celebramos algo que ninguna otra religión alega, que Dios se hizo hombre para salvarnos. Ese fue su regalo. De allí que nosotros no solamente deberíamos reciprocar a los amigos y familiares que nos regalan sino también al Cristo crucificado, de manera que le reciproquemos su regalo siendo mejores personas, deseando alcanzar lo mejor para nosotros mismos y para los demás. Por esto, no debemos abandonar la práctica de montar, junto con el arbolito, el Nacimiento, Pesebre o Natividad.

La síntesis de los simbolismo que reflejan estos orígenes de la Navidad es que Dios, la oración, las promesas de ser mejores y el significado de la luz, como reflejo del conocimiento, la verdad, la bondad, la generosidad, el agradecimiento y la solidaridad son comunes a los mejores deseos de todos los pueblos y culturas. No en balde, en Navidad y Año Nuevo, espontáneamente y sin recordar estos simbolismos es casi universal que hagamos votos por ser mejores.

José Antonio Gil Yepes es sociólogo y director de Datanálisis. 

Fuente: El Universal

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