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Frente a un régimen cuyo autoritarismo agrava los problemas de todos, una fragmentada oposición sigue fallando en modelar una ruta de salida a las crisis. Las respuestas, tanto desde los que llaman a votar como de quienes piden abstenerse, son insuficientes. No ofrecen energías inspiradoras, humanamente solidarias y ascensionales, sino pugnas y choques a flor de errores.

Las instituciones, sectores, organizaciones y personalidades que desde la sociedad civil procuran vincular las acciones de la política al interés nacional de salir de las crisis y aliviar, mientras ellas persistan, los sufrimientos de la gente, deben acentuar el empeño por retornar a una salida negociada, pacífica y electoral. Cumplir el rol de auxiliar temporal de los partidos con vistas su recreación y fortalecimiento.

La actual élite política, la gubernamental y la opositora, corre el riesgo de entregarle a las nuevas generaciones un país peor al que recibieron. No alcanzarán eficiencia mientras se nieguen a compartir puntos de encuentro en medio de estrategias opuestas. Meta imposible, si ambas se colocan de espaldas al país. Una y otra, están obligadas ante el límite que vivimos a un esfuerzo conjunto para producir bienes comunes que nos permitan vivir mejor. A medida que dejen de hacerlo, se harán puntos de obstáculo del desarrollo y la convivencia.

La élite política opositora enfrenta la exigencia de mostrar un mejor nivel al desempeño promedio de otras élites como la cultural, la económica, la militar o la gubernamental. Esta altitud de miras para resolver intereses colectivos es el piso de una legitimidad que se le debe exigir también a la oposición.

La oposición que tenemos no reúne una adhesión mayoritaria, a pesar del rechazo a las políticas gubernamentales de casi la totalidad de la población. Un apreciable sector de ella se niega a someterse a elecciones, un medio para cumplir el principio democrático de rotación de las élites, que es a su vez, una forma para retribuir o castigar el desempeño de dirigentes obligados a la evaluación de votantes que ejerzan su derecho al voto como herramienta de control social sobre quienes los dirigen o aspiran hacerlo.

A la oposición de hoy la divide la resistencia a cambiar una fracasada estrategia de confrontación por otra que incluya la vía electoral en vez de criminalizarla o negarse aceptar que para combatir las tropelías e injusticias de un regímenes autocrático, la primera condición es luchar desde adentro del sistema autoritario y bregar por modificar sus restricciones y ventajismos.

Importantes dirigentes democráticos, críticos de las derrotas recibidas por levantar falsas expectativas y ofrecer salidas sin contar con los medios para garantizarla, predican de palabra una diferencia con los extremismos, mientras con sus hechos los refuerzan.

Temen más romper con las derrotas de la política insurreccional que promover audazmente una coalición nacional plural, representativa y con actores emergentes.

La oposición de hoy enfrenta una crisis de culturas: el autoritarismo está sustituyendo al modo democrático de pensar. La mayoría de la oposición, por frustración y desesperación, se refugia en una incorrecta búsqueda de la democracia pensada exclusivamente como fractura de la sociedad y de sus instituciones.

La reciente encuesta de Datincorp pone frente a nuestros ojos la oposición que somos: ante el 52% del país que prefiere la vía electoral para solucionar el conflicto de poder; entre opositores la intervención militar internacional es deseada por el 42,9 % , el golpe militar por el 16, 1% y la rebelión popular por el 11,1%.

Mientras el gobierno autoritario pueda contar con una oposición autoritaria, la construcción de una alternativa será tarea de quienes tengan el coraje de luchar, desde una condición de minoría, para convertir la democracia en valor fundamental para la vida de todos los ciudadanos. La vida que el régimen nos quita.

Simón García es fundador del Movimiento Al Socialismo (MAS), actualmente es analista político y contribuye al aporte de ideas que promuevan estrategias dentro del marco democrático.

Fuente: Tal Cual

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