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El ambiente cotidiano transpira una cierta condición de infelicidad. A pesar de la lucha diaria por no caer en la desesperanza, la gran mayoría del país ha sido llevado a tener que vivir desde una lógica cotidiana de la sobrevivencia. No es algo casual, sino impuesto por los que no quieren un cambio y sostenido por la indolencia de quienes no reconocen lo mal que estamos.

Jacoby sostenía, a principios de este siglo, que resultaba obvio que no era posible abrigar ninguna esperanza seria por hacer de nuestra sociedad un mejor lugar donde vivir, si no se creaban «condiciones de posibilidades». La cultura política dominante pareciera que poco tiene que ver con la realidad cotidiana que vive la gran mayoría. Su fin ya no es el de ofrecer posibilidades de bienestar para todos, sino el de ideologizar con el único fin de mantenerse en el poder. La mediatización de la política oficial ha permitido que se genere una falsa ilusión de poder vivir de un futuro que no ha llegado, pero que supuestamente se encuentra en construcción desde hace 15 años.

Esta falsa ilusión está acompañada de políticas públicas que han ido convirtiendo a la vida cotidiana en una constante y pesada lucha por sobrevivir, exigiendo nuestra completa atención cada día, porque de ello depende la propia vida. En el fondo se nos ha llevado a lo más terrible del capitalismo salvaje, eso que el socialismo tanto critica, como es el tener que entregarnos, de forma absoluta, a la sola búsqueda de productos que escasean por doquier. Con el tiempo, la esperanza parece morir mientras la política mediática gana terreno al haber alcanzado su fin último, como es la resignación ante el cambio, o la destrucción de las esperanzas personales y colectivas. Así se acaba con lo más preciado del potencial humano, el ser «sujeto de posibilidades», el poder construir imaginarios sociales y políticos alternativos.

Pero, ¿se puede perder la esperanza? En palabras de Entralgo, «por el hecho de ser como es, el hombre tiene que esperar, no puede no esperar». Esto es «trascender a la propia situación». Y el modo que tiene a su alcance para ello, es el de reconocer la situación en la que se encuentra y aceptar que necesita ser transformada. Que no puede seguir viviendo así. De este modo podrá crear condiciones que le permitan ver nuevas posibilidades.

La esperanza es una «inquietud radical» albergada en cada sujeto. No sólo nos ayuda a imaginar un futuro mejor, sino que también nos estimula a criticar el estado presente de deterioro. La esperanza es liberadora o no es esperanza. No puede ser reducida a la simple espera de quien se ha resignado. Ella genera un auténtico «conflicto con la realidad», a todo nivel, porque nos hace descubrir nuevas posibilidades que pueden ser alcanzadas, cuando se da la graciosa convergencia entre las posibilidades ilimitadas que ofrece el mundo y la aspiración ilimitada del ser humano. Ella estimula nuestra capacidad de atraer a otros y convencerlos para transformar juntos lo que vivimos. Como sostenía Bloch, «vivimos rodeados de posibilidades». Queda de nuestra parte creer en ellas y promoverlas.

Rafael Luciani es teólogo-laico, autor de varios libros y analista. Actualmente es miembro del Consejo Episcopal Latinoamericano.

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