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Dicen que ésa fue la frase que pronunció Galileo, entre dientes, imagino, para que no llegara a oídos de los inquisidores del Santo Oficio que acababan de constreñirlo, so pena de ser quemado en la hoguera, a abjurar de sus teorías -basadas en los griegos y en Copérnico- acerca de la rotación de la Tierra alrededor del Sol: Eppur si muoveY sin embargo se mueve. Algo parecido puede decirse de la política entre nosotros.

Cuando para jolgorio de quienes defienden el principal dogma extremista, a saber: mantenernos quietos en medio del pantano haciendo peso hasta que el régimen se hunda… y todos con él; cuando para el radicalismo infecundo, todo parecía mantenerse quieto como las aguas de un estanque; cuando desde las trincheras del maximalismo levantan la bandera de las mil condiciones (coartada para seguir justificando la ilusoria salida de fuerza); he aquí que, para sorpresa de muchos incrédulos por vocación, algo se mueve en nuestra política vernácula. La designación de un nuevo CNE por vía de un acuerdo entre fuerzas diversas: gobierno y oposiciones, por una parte, y Estado y sociedad civil, por la otra (tal vez el mejor que hemos tenido en varias décadas, Díaz dixit), es el elocuente testimonio de que el juego no está trancado (en política nunca lo está) y que las fichas comienzan a moverse en el tablero.

Más inaudito aún: luego de años de altisonancia, supremacismo y desplantes imperiales, por primera vez se escucha una voz más moderada desde la Casa Blanca: «Deben ser los venezolanos y no nosotros quienes juzguen la composición del nuevo órgano electoral». Y desde Europa, no se diga: España habló, Alemania ya lo había hecho, y Peter Stano, portavoz de la Unión Europea, dice que la designación de un nuevo CNE es «el primer paso de un proceso que seguiremos evaluando»: todos, poco a poco, van sacándole el cuerpo al presidente de los espejismos y a su grupo delirante. Desde todas partes se apuesta por el acuerdo, por el pacto, no por la confrontación.

Fedecámaras saluda la designación del nuevo CNE y dice que puede ser el comienzo de un proceso de reinstitucionalización en el país. El Programa Mundial de Alimentos ya está entre nosotros y ¡la USAID celebra el acuerdo! Comienza a mostrarse en lontananza la vaga visión de un levantamiento de sanciones: por ejemplo, las impuestas a refinerías de España, Italia e India que limitan a Venezuela la adquisición de diésel. La Fuerza Armada de Venezuela combate, a sangre y fuego, a los intrusos de las FARC. Delcy Rodríguez, en su condición de Vicepresidenta del gobierno de Nicolás Maduro, participa en representación de la nación en la Cumbre Iberoamericana realizada en Andorra. UNICEF anuncia la llegada a Venezuela de 50 kits de refrigeración para vacunas anti-COVID, «con el apoyo del Reino Unido», según informa la embajada de Inglaterra en Caracas. Los enviados de Noruega vuelven por allí, explorando la posibilidad de una nueva mesa de diálogo, negociación y pacto. Seis ejecutivos petroleros estadounidenses son excarcelados en Caracas y llevados a sus residencias. La Conferencia Episcopal envía a Miraflores una delegación encabezada nada más y nada menos que por monseñor Baltazar Porras, tan anatemizado por los chavistas más fanáticos y extremistas. El Papa rechaza todo injerencismo en nuestros asuntos internos: ni gringos ni rusos, ni Beijing ni Bruselas, ni cubiches ni cachacos: los problemas de Venezuela los resolvemos los venezolanos.

En fin, gestos y gestos. A diferencia de la Dinamarca de Shakespeare, y como en el Viaje a la semilla de Carpentier, lo que se creía podrido parece dar tímidas señales de querer reverdecer.

Pero tozudo, contumaz, impenitente, el señor ése que aún se dice vocero del G4 (y uno no sabe si habla en nombre de los 4 o si de sólo 2, o si de 1 y medio) pide, ruega, implora, en un supino acto de maximalismo suicida, a la comunidad internacional que no admita lo que llamó «medidas parciales».

-O todo, o nada, gruñe, como un troglodita ignaro.

Por allá el loco de Almagro, dándose de cabezazos contra las palmas de sus manos y zapateando el suelo con rabia, alborota su melena y secunda la bobería.

No se sabe si fue Aristóteles, o Maquiavelo, o Bismarck, o Churchill quien lo dijo, pero está claro que la política es el arte de lo posible. En otras palabras, juegas a las cartas con las que tienes en la mano, no con las que quisieras tener. Y aunque todo es mejor que algo, siempre algo será mejor que nada. A partir de allí, toda estrategia política comienza por un correcto análisis de la correlación de fuerzas, y nada más funesto que sobrevalorar las propias. Esto de sobrevalorarlas fue lo que hizo el liderazgo de la oposición en 2016 y, yéndose de bruces, precipitándose, buscando un choque de trenes para el que no tenía con qué en vez del diálogo y los pactos que requería para preservar lo logrado, no sólo sacrificó en el altar de su inmadurez la principal fortaleza conquistada, la AN, sino que echó al cesto de la basura el paciente proceso de acumulación progresiva de fuerzas que la Venezuela democrática adelantó de 2006 a 2016 ( luego del costoso brote extremista del 11A-paro-abstención 2005 ), proceso de acumulación de fuerzas que se remataba en 2018, no antes. Estrategia probadamente exitosa, el imberbe liderazgo opositor tuvo la «genial» idea de cambiar a fines de 2016 la ruta democrática por la nada de la abstención, el Maduro vete ya, el abandono del cargo, el malhadado «mantra», y demás babiecadas.

Ahora sólo queda que quienes condujeron tanto desaguisado, reconozcan, con algo de dignidad, su responsabilidad en tan graves errores… y se hagan a un lado, y a los demócratas de este país, recoger los pedazos, reconstruir la alternativa de una oposición democrática… y volver a empezar, como en 2006, con la mirada puesta en 2024. Y a los venezolanos de bien, en lado y lado, tanto en el gobierno como en la oposición,  ponernos de acuerdo, por el bien de todos. Ojalá sea pronto.

Enrique Ochoa Antich es dirigente político, escritor y fundador del Movimiento Al Socialismo (MAS).

Fuente: Punto de Corte

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