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Difícil superar a Cipriano Castro en reacciones infantiles. No aludo a su vibrante amenaza contra la planta insolente del extranjero, pienso más bien en su manía de quitarles el saludo a los diplomáticos foráneos que no le caían bien porque el tono imperativo y heroico de don Cipriano los dejaba indiferentes. Semejantes reacciones evidenciaron rasgos de su personalidad a los que alguno de ellos, el plenipotenciario chileno Herboso por ejemplo, supo sacarle partido. Cuando los áulicos se esmeraban en pedirle que restableciera la unidad de Colombia y se convirtiera, en segundo Libertador, Herboso le deslizó un comentario sibilino:

Usted no debe conformarse con presidir los pocos países que encabezó Bolívar. Usted debe presidir la América Latina libre y unidad

Los ocho años que duro el gobierno autocrático de Castro no tuvieron la resonancia y el impacto en la corriente positivista que lograron el general liberal mexicano don Porfirio Díaz y el venezolano Juan Vicente Gómez. Díaz se mantuvo en el mando por siete períodos electorales pese a que su emblema fue ponerle fin a la reelección. Nuestro general Gómez fue el amo de Venezuela durante 27 años después de haber limpiado el país de caudillos, restablecido el orden y la paz pública.  De ahí en más se propuso alcanzar en su desarrollo a los grandes países industrializados de modelo occidental. En la misma ruta se metió Porfirio Díaz, quien puso fin a una larga guerra civil en la que Francia intervino apoyando a los conservadores y nombrando un emperador, quien con la final victoria liberal, fue fusilado.

Los filósofos positivistas hacían gargarismos con cuatro palabras, Orden, sin el cual serían inalcanzables, Democracia, Progreso y Libertad. Pero el punto seguía siendo la cuestión de dictador, la mano dura, un orden tranquilo y fecundo para que progresaran en libertad nuestras naciones. O por el contrario, ese desideratum podría conseguirse con un orden fecundo, sin tiranos, etc. El historiador mexicano Justo Sierra, obstinado de las ruinosas guerras que asolaran a su país, clamó: es tiempo de pasar de la era de la violencia guerrera a la era industrial. La pregunta seguía siendo la misma: ¿Cómo lograrlo sin poner al frente un tirano necesario o déspota ilustrado?

En Venezuela los principales exponentes de esa doctrina fueron César Zumeta, Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Manuel Arcaya. Devotos del general Gómez, lo defendieron con la pasión de los visionarios, convencidos de la supuesta validez de su doctrina, que tuvieron por históricamente certificada.

Pero quienes creen en la superioridad de la democracia y sin imposturas, rechazan por extremadamente incongruente que los más altos valores de la sociedad emanen de órdenes tiránicas.

Pero el problema sigue siendo el mismo: ¿es posible en países subdesarrollados anarquizados que nazca el progreso sin la mano dura de un dictador necesario? Las dictaduras previas al régimen de fuerza chavista sugieren que no, aunque la democracia se abra paso con los codos, fomentando respuestas inevitablemente ambiguas. Laureano se adelantaba a lo que pudieran oponerle. El título de su obra principal es Cesarismo Democrático, que le sirve para negar que el dictador necesario niegue la democracia. Habló indistintamente de César y Gendarme, nombre éste último que tomó de Hippolyte Taine, quizá con el objeto de pulir la rudeza de la expresión.

Proyectemos sus reflexiones a nuestros días y encontraremos sombras de esas definiciones actuales indecisas. Si el orden permanece inestable porque la megacrisis lo determina, los vocablos dictadura, autocracia y democracia reproducen la feroz intolerancia instalada en el poder y por reflejo en el léxico opositor. Es ostensible el miedo y desnaturalización de las palabras.

¿Por qué diablos vocablos de raigambre profundamente democrática como elecciones, negociación, diálogo, partidos y política se venden cual convertido en malas palabras? En mis columnas de prensa he recordado la respuesta de Ortega y Gasset a la mala prensa de políticos y parlamentarios. El   oficio político nos ha salvado de catástrofes, pero molesta a muchos ver políticos de enfrentadas banderías- insultándose   hoy y abrazándose mañana. Les parece cínico e hipócrita, y no obstante si así llegara a serlo, lo extraordinario es que quienes influyen en la marcha del mundo dialoguen, negocien y acepten las victorias del adversario. Si rompen por diferencias que puedan ser superadas en intercambios normales, nada se ha perdido. Para él esas rupturas superables, demostrarían a cada parte la necesidad que tienen del otro.

Hay conceptos del gran reservorio de la democracia, tales “Elecciones libres”, “Negociar” antagonismos o atenuarlos, pues según el teórico prusiano, Carl Clausewitz, el objeto de la guerra no es matar a todos los enemigos, sino colocarlos en posición de no poder continuar haciendo lo que se les reprocha.

Tres factores acaban de demostrar que la necesidad puede impulsar la negociación que pocos se atrevían. El oficialismo, la oposición y la más calificada Sociedad Civil metieron a Venezuela en el mercado masivo de vacunas contra la feroz pandemia. La necesidad ha querido que continúen las negociaciones sobre pormenores indispensables y ojalá entremos en la competencia electoral libre y la convivencia. Ganaríamos tres coronas a expensas del coronavirus.

Américo Martín es abogado, político, escritor y exguerrillero venezolano.

Fuente: Punto de Corte

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