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Recientemente se celebró el derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Pérez Jiménez. La socialdemocracia venezolana tomó el poder a raíz de la caída del general, ocurrida el 23 de enero de 1958. El socialismo en modo socialdemócrata se impuso frente a la versión socialista revolucionaria. Podemos decir que en nuestro país, cuatro décadas después de lo que pasó en Rusia, ganaron los mencheviques y perdieron los bolcheviques.

No era una revolución proletaria lo que se asomaba en Venezuela, sino una “revolución democrático-burguesa”, tal y como solía decirse en la jerga comunista de la época.

La izquierda revolucionaria hizo un diagnóstico equivocado de la naturaleza de la transición que se estaba operando hace 63 años atrás. Pensaron que lo que estaba planteado era un tránsito del capitalismo al socialismo y no un tránsito del autoritarismo militar a la república civil, como efectivamente ocurrió.

No fue tanto la guerra fría el principal factor que influyó en la errática perspectiva de enfoque de los marxistas revolucionarios en nuestro país. Pero sin duda sí lo fue un formidable evento que ocurrió 12 meses después del fin de la dictadura: la revolución cubana de enero de 1959.

A los ojos de los marxistas más jóvenes y radicales, los logros reales obtenidos a propósito de las jornadas populares en contra del régimen militar que culminaron con los eventos del 23 de enero, palidecían frente al éxito de los barbudos de Castro y ante la magia de una cautivadora épica de violencia guerrillera como forma de tomar el poder. Igualmente, fue sin duda muy sugestivo en ese tiempo, un proceso como el cubano que aceleradamente se inclinaba hacia políticas más anticapitalistas y hostiles a los intereses económicos del imperialismo norteamericano.

En definitiva, una mezcla de admiración por la experiencia de una revolución tropical y caribeña, junto a la creciente frustración respecto a los resultados venezolanos, distorsionaron la visión de una joven y brillante generación política, a saber:  Petkoff, Maneiro, Martín, Moleiro, etc. Impaciencia e izquierdismo, la enfermedad infantil del comunismo según Lenin.

Por el lado del liderazgo comunista tradicional de aquella época, el ingrato recuerdo de cómo Rómulo Betancourt los desalojó a balazos del poder que en cohabitación sostuvieron con el gobierno del general Isaías Medina, seguramente nubló el juicio de los viejos camaradas. Tal vez aspiraban una suerte de revancha.

Ese terrible error de enfoque le costó caro a la izquierda marxista venezolana. Casi 20 años le llevó mostrar síntomas de recuperación. Las malas ideas tienen consecuencias. Algo similar le está ocurriendo hoy al liderazgo opositor en la Venezuela del siglo XXI.

Los socialistas revolucionarios de la década del 60 del siglo pasado evolucionaron hacia posiciones más moderadas, aprendieron la lección. Pero no todos. Hubo algunos, la llamada “izquierda borbónica”, esa que ni cambia ni aprende (una forma que tenía Petkoff para ridiculizarla) corajudamente aguantó el chaparrón, se atrincheró en los cines club, en la canción protesta, en los gremios periodísticos, en las organizaciones de derechos humanos, en los centros de estudiantes, en los grupos culturales, en algunos sindicatos, en asociaciones populares, en ciertas congregaciones religiosas progresistas y también en el seno de logias militares. A pesar de la caída del muro de Berlín seguían soñando con la revolución socialista.

Tuvieron paciencia. Ocurrió el “caracazo” y luego la rebelión militar del 4 de febrero de 1992. La mesa estaba servida para su ascenso a Miraflores.

De manera extraña, por allí en los años 90 del siglo XX, se produjo un curioso encuentro entre sectores conservadores de la plutocracia mercantilista venezolana y la “izquierda borbónica”, sólo que ésta tuvo mucho mayor eficacia para la toma del poder político. Hugo Chávez, encarnó el liderazgo que catapultó a los revolucionarios considerados trasnochados e irredentos. Creó un instrumento político provisional, el Movimiento V República, pero eso sólo fue un interregno mientras se dirigía hacia lo que realmente quería, una revolución socialista de carácter bolivariano y un partido socialista para hacerla. Sólo que tal revolución, a pesar de que inicialmente lo intento por la fuerza, no sería consecuencia de un hecho armado, sino pacífico y electoral.

La oposición venezolana del siglo XXI en su conjunto no entendió ni entiende la naturaleza del fenómeno que tuvo y tiene en frente. Por eso su errático desempeño. No comprendió que combatía a una revolución socialista en el poder.  Como le sucedió a la izquierda marxista en los años 60 del siglo pasado, confundió su análisis de entorno y también se vio seducida por la vía insurreccional. En un día de enero, pero de 2019, sepultó por algún tiempo sus posibilidades políticas.

Aún hoy siguen diciendo que lo de Chávez y Maduro nunca ha sido socialismo, sino una suerte de autoritarismo postmoderno.

Otra de sus trágicas equivocaciones es la de decir que dictadura no sale con votos. Tal cosa no es necesariamente correcta, cuando se trata de una dictadura, pero cuando se trata de un régimen de naturaleza socialista y revolucionario, es absolutamente incorrecto. En estos casos, sólo por medios pacíficos, cívicos y electorales, es que pueden producirse cambios sostenibles.

La lección que debemos extraer del 23 de enero de 1958 tiene que ser la correcta, pero mediante una mirada políticamente incorrecta. No se trata de entender, a mi juicio de manera errónea, poniendo como ejemplo aquel evento histórico, de que el valor de la unidad de los demócratas frente al autoritarismo militar fuese la clave del éxito. No, la clave fue que los liderazgos democráticos de Betancourt, Caldera y Villalba, comprendieron a cabalidad lo que reclamaba la sociedad venezolana. De los tres, los que mejor lo internalizaron fueron los dos primeros. Betancourt venía del extremismo de izquierda, de hecho, hizo su propia revolución de octubre en 1945. Caldera igual venía del extremismo falangista, del anticomunismo confesional, admirador de Francisco Franco, de la derecha española y del “cara al sol con la camisa nueva”.

Ambos, como consecuencia de sus respectivas evoluciones políticas, dejaron atrás sus posturas radicales y se enfocaron en construir una república civil para mandar de vacaciones al partido militar. Siempre tuvieron claro tal propósito, y a pesar de importantes diferencias que los separaron, compartían una misma visión táctica y estratégica.

La unidad del 23 de enero a mi juicio es un mito. Fue en realidad una mera alianza política muy circunstancial, tan circunstancial, que esa unidad fue bastante precaria y efímera. El “pacto de Punto Fijo”, como sabemos, apenas duraría unos pocos años. La alianza que derrocó a Pérez Jiménez constituyó un breve momento que inmediatamente dio lugar a la verdadera disputa por el poder, la cual se dirimió de forma violenta, entre los socialdemócratas laicos y cristianos, por un lado, y por el otro, los marxistas revolucionarios de aquella época. El autoritarismo militar también terció en ese proceso, pero de forma poco relevante.

Hoy la oposición venezolana continúa extraviada, no se ha percatado del verdadero proceso de transición y de debate político que está en marcha. No se trata del tránsito del autoritarismo a la democracia, como en enero del 1958, sino del socialismo al capitalismo.

Las luchas por las reformas políticas en el siglo XX se dan después de prolongados procesos de recuperación económica. Por lo menos en Venezuela ha ido así. De 1920 a 1960, según estadísticas de Asdrúbal Baptista, el país experimentó un período de crecimiento y modernización muy importante, observando un incremento de su PIB por habitante de más de 1000 %. En ese mismo lapso Venezuela conoce profundos cambios en sus arreglos políticos institucionales hacia formas democráticas plenas, votos universales y secretos, propios de una república civil.

Lamentablemente los errores esencialmente económicos de la socialdemocracia laica y cristina que gobernó durante 40 años al país, le abrieron la oportunidad a una regresión política pavimentando el camino al poder, de forma democrática, a un líder militar muy carismático, popular, revolucionario y socialista.

A título de hipótesis, se me ocurre pensar que para producir una regeneración de nuestro sistema democrático, tal y como se pretendió a partir del 23 de enero de 1958, tendríamos como prerrequisito que pasar previamente por un período de crecimiento económico a fin de que los ciudadanos de este país, un poquito más capitalizados, pongan nuevamente en su radar de preferencias el interés por tener más sólidas y amplias libertades políticas.

Pedro Elías Hernández es periodista y analista político.

Fuente: Informe 21

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