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Vistos los resultados del 6 de diciembre y de la consulta de las tres preguntas, el cambio parece estar más lejos que más nunca. Paradójicamente, cada actor, sin mirarse a sí mismo, celebra la derrota de la parcela de enfrente.

Se dan números, sujetos a dudas, en vez de explicaciones al país y se elude la reflexión necesaria cuando se descubre que los baqueanos no saben dónde están parados. Sin argumentos, las descalificaciones se alinean como proyectiles y lo que cada oposición dice de las otras, retrata a una misma canalla.

El examen de distribución del poder y de la relación de fuerzas, muestra que el 6 y el 12, constituyen una masacre de las fuerzas democráticas. Los hechos aportan, al menos, dos apreciaciones:

  1. Maduro se fortaleció y el régimen se apoderó de un poder elector de otros poderes; instancia de control del Ejecutivo y espacio para el debate público. La oposición pasa de contar con los 2/3 de los integrantes de la Asamblea Nacional a una escasa presencia de vitrina.
  2. Los resultados ensanchan las ruinas de la democracia, en favor de la transición del autoritarismo al totalitarismo híbrido. Se erosionó la naturaleza representativa de la democracia; se cedió el derecho al voto y se escenificó una hora loca de las pugnas internas de la oposición.

Todas las oposiciones se debilitaron y ahora penden de una suicida ratificación de la ruta de la pólvora o de la incierta espera de una negociación con Maduro, propiciada por Biden y Borrel. Esas oposiciones compiten, con dos conductas opuestas, para sentarse en una mesa con menos opciones.

La primera conduce al aislamiento y la marginalización. La segunda retorna a la política a cambio de tragarse una cohabitación. Con todas las barajas del juego de tumbas en su mano, el régimen prosigue su emboscada autoritaria contra las fuerzas de cambio, las provoca y las atemoriza para estimular el exilio del simbólico poder dual.

La demolición de los pilares democráticos de la sociedad es también una construcción de hegemonía cultural autoritaria basada en dinamitar el diálogo y el entendimiento, criminalizar la disidencia, prohibir el pensamiento crítico, sustituir el debate por los hechos cumplidos y la transparencia por el secreto. Esta cultura está colonizando el pensamiento y la práctica opositora.

Para más del 60 % de la población la democracia no es ya ni una ilusión y los políticos son una comiquita.

No aplica el refrán de que lo pasado pisado, porque lo que se está despellejando es el futuro de todos y es inconcebible que lo acometamos, con furia tan destructiva y ciega. Enfrentamos además una derrota con una sociedad cada vez más encerrada por la pandemia y más empujada por la crisis tras la línea roja de luchar por la sobrevivencia Se abre paso una lenta y persistente erosión de la esperanza y de las convicciones sobre la posibilidad de recobrar la democracia.

Algunos dicen que la nuestra es una batalla perdida, oscilando entre la apuesta por la pólvora y el salto mágico de un conejo desde un sombrero ajeno.

Si fuera cierto, la mejor opción para conservar el optimismo consistiría en afilar la inteligencia, manejar emociones constructivas y convertirse, por estos días navideños, en una persona bien desinformada.

Simón García es fundador del Movimiento Al Socialismo (MAS), actualmente es analista político y contribuye al aporte de ideas que promuevan estrategias dentro del marco democrático.

Fuente: Tal Cual

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